No pude reprimir un escalofrío, pero, al mismo tiempo, le di gracias a Dios por proporcionarnos aquel resguardo en el momento más adecuado. El hombre de verde echó un vistazo rápido por la ventana y, acto seguido, me lanzó una sonriente mirada, como si en el exterior sucediera algo divertido. Me removí incómoda en mi desapacible asiento. Durante unos segundos, mis familiares y yo esperamos procurando que nuestras miradas no se cruzaran y deseando que aquel trámite concluyera cuanto antes.

El lector del testamento llegó hasta su escritorio casi arrastrándose. Por el sólido bastón nudoso, en el que más que apoyarse se dejaba caer, y por el aspecto inmóvil y abultado de su pie izquierdo llegué a la conclusión de que padecía gota o, quizá, alguna afección reumática. Para lo primero era necesario disfrutar como mínimo de un buen pasar que le permitiera yantar y beber a su gusto; para lo segundo bastaba con que se hubiera expuesto al tiempo gélido y borrascoso de la región.

Se acomodó con dificultad en una silla de brazos mucho más ancha que la mía y, tras resoplar un rato hasta lograr que su respiración se acompasara, sacó de entre sus negras hopalandas un texto amarillento sellado con lacre bermellón. Mientras yo pensaba que tenía que ser el testamento de mi padre, el recién llegado lo colocó con cuidado sobre la mesa, negra y pulida, como si se tratara de un recién nacido adorable o de un venerado ejemplar de las Sagradas Escrituras. Fue el suyo un gesto de ternura entreverada de un respeto casi sagrado. Por un instante observó el plegado documento y luego pasó sobre él la mano derecha como si con aquella caricia afectuosa deseara transmitirle un dulce sosiego.

Ignoro si el papel se sintió mejor al deslizarse sobre él la mano rojiza de aquel hombre, pero mi madre no pudo evitar morderse el labio inferior en un gesto de impaciencia desasosegada. Furtivamente, pasé la mirada por la habitación. Judith estaba tensa, al igual que su marido, pero procuraba disimularlo. Los tres sujetos de negro -que, de repente, se me antojaron semejantes a tres cuervos escuálidos- se frotaban con energía las manos intentando de manera infructuosa entrar en calor. Por lo que se refería al hombre de verde…, pero ¿cómo era posible que se estuviera divirtiendo con todo aquello?



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