La orden seca pero educada había conseguido que Parmenter volara en busca de James, el tercer lacayo, en el preciso instante en que su señor desapareció. Algo no iba bien, eso era seguro. ¿Por qué el señor Darcy necesitaría a aquel hombre tan desagradable a aquellas horas?

– James, ve corriendo a buscar al señor Skinner -le ordenó Parmenter, y luego regresó al vestíbulo para esperar a otros invitados que llegarían a horas más adecuadas. Seis de ellos aparecieron media hora más tarde, radiantes de emoción, lanzando exclamaciones contra el frío y especulando con la posibilidad de que el nuevo año viniera cargado de feroces heladas. No mucho después, el señor Edward Skinner cruzó sin detenerse la puerta principal. Se encaminó directamente hacia la pequeña biblioteca, sin un por favor, gracias, a sus órdenes, señor, lo cual despertó algún resentimiento en el mayordomo de Pemberley. Puede que fuera un hombre de valía y puede que hablara como un caballero, pero Parmenter lo recordaba de cuando era joven y habría apostado una parte de su propia vida a que Ned Skinner no era en absoluto un caballero. Entre su señor y Ned había una diferencia de doce años, quizá, así que el señor Skinner no era por lo tanto ningún hijo natural, pero había algo entre ellos, unos lazos que ni siquiera la señora Darcy era capaz de desvelar… o romper. Y mientras pensaba aquellas cosas, Parmenter se dirigió hacia el Salón Rubens para avisar al señor Fitz.

– Un problema, Ned -dijo Fitz, al tiempo que cerraba la puerta de la biblioteca.

Skinner no contestó nada, simplemente permaneció delante de la mesa con aspecto relajado y las manos colgando a ambos lados de su cuerpo; no era la postura de un malvado secuaz. Era un hombre muy grande, cinco pulgadas más alto que los seis pies de Darcy, y tenía la misma complexión que un gorila… un cuello y unos hombros bestiales, un pecho como un tonel y una ausencia total de grasa superflua. Los rumores decían que su padre había sido un indio negro, y que por eso la piel y el pelo de Skinner eran tan oscuros, y los ojos, tan rasgados y perspicaces.



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