– Por favor, Fitz, ¡llevémonos a Charlie! Tú vas a ir a caballo, y yo tendré que ir en el carruaje sola. Es un camino muy largo. Podemos recoger a Charlie en Oxford de camino.

Darcy torció un poco el gesto mientras pensaba en la propuesta de su esposa, pero luego asintió con su clásico ademán de condescendencia regia.

– Como quieras.

– Gracias. -Dudó a la hora de añadir algo, porque conocía la respuesta, pero de todos modos hizo la pregunta-: ¿Mantenemos nuestro compromiso de dar esa cena esta noche?

– Oh… creo que sí. Nuestros invitados están en camino. Tus vestidos de luto pueden esperar hasta mañana; nos ocuparemos de todo eso mañana. -Apartó la mano de su hombro-. Estaré abajo. Roeford llegará en cualquier momento, seguro.

Y con una mueca de asco en el momento de citar el nombre de su último y valioso aliadotory, Darcy salió de la estancia y dejó que su esposa acabara de arreglarse.

La brocha del maquillaje eliminó de inmediato una lágrima furtiva; con los ojos arrasados, Elizabeth luchaba por mantener el control. ¡Qué espléndida carrera política! Siempre algo importante que hacer, sin tiempo para el descanso, para la compañía, para el ocio. Fitz no lamentaba la muerte de la señora Bennet; Elizabeth lo sabía perfectamente; el problema era que él esperaba que su esposa sintiera la misma indiferencia, que dejara escapar un suspiro de alivio ante la idea de haberse librado de aquella carga particular, en parte vergonzante, en parte enojosa y en parte irremediable. Y, sin embargo, aquella mujer superficial, estúpida y malhumorada la había traído al mundo a ella, a Elizabeth, y seguramente por eso se sentía impulsada a quererla. Al menos a guardar luto por ella, si no a echarla de menos.

– Que venga el señor Skinner. Inmediatamente. -Darcy estaba hablando con su mayordomo, ocupado dando vueltas alrededor del primer lacayo mientras éste liberaba al señor Roeford de su abrigo-. Mi querido Roeford, te veo espléndido. Como siempre, el primero en el orden de batalla. -Y sin mirar atrás, Darcy condujo a su tempranero y repugnante invitado al Salón Rubens.



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