
– ¿Y ya está? ¿No te ha dicho nada más? ¿Dos semanas y te vas?
– Me ha dado la mano y me ha soltado que era un tipo atractivo, que debería probar en la tele.
– Oh, tío. Vamos a emborracharnos esta noche.
– Yo sí, desde luego.
– Joder, no es justo.
– El mundo no es justo, Larry.
– ¿Quién es tu sustituta? ¿Al menos es alguien que sabrá que está a salvo?
– Angela Cook.
– Me lo imaginaba. A los polis les va a encantar.
Larry era amigo mío, pero no me apetecía hablar de todo eso con él en ese momento: necesitaba sopesar mis opciones. Me enderecé en la silla y miré por encima de las mamparas de metro veinte del cubículo. Todavía no veía a nadie observándome. Miré hacia la fila de paredes de cristal de las oficinas de los jefes de sección. La de Kramer hacía esquina y él estaba de pie detrás del cristal mirando a la sala de redacción. Cuando establecimos contacto visual, Kramer desvió enseguida la mirada.
– ¿Qué vas a hacer? -me preguntó Larry.
– No lo he pensado, pero voy a hacerlo ahora mismo. ¿Adónde quieres ir, al Big Wang’s o al Short Stop?
– Al Short Stop. Anoche estuve en el Wang’s.
– Nos vemos allí, pues.
Estaba a punto de colgar cuando Larry me espetó una última pregunta.
– Una cosa más. ¿Ha dicho qué número eras?
Por supuesto, quería saber cuáles eran sus propias posibilidades de sobrevivir a esa última sangría de personal.
– Cuando he entrado, ha empezado a hablar de que casi lo había conseguido y de lo difícil que resultaba tomar las decisiones finales. Ha dicho que yo era el noventa y nueve.
