Dos meses antes, el periódico había anunciado que cien empleados serían eliminados de la plantilla editorial a fin de reducir costes y hacer felices a nuestros dioses empresariales. Dejé que Larry pensara un momento quién podría ser el número cien, mientras yo volvía a mirar a la oficina de Kramer. Todavía estaba tras el cristal.

– Y te aconsejo que no asomes la cabeza, Larry. El verdugo está ahora mismo de pie junto al cristal buscando al número cien.

Pulsé el botón de colgar, pero continué con los cascos puestos. Con suerte eso desalentaría al personal de la redacción de acercarse a mí. No me cabía duda de que Larry Bernard empezaría a contar a otros periodistas que me habían separado involuntariamente y estos vendrían a compadecerme. Tenía que concentrarme en terminar un breve sobre la detención realizada por la División de Robos y Homicidios del Departamento de Policía de Los Ángeles de un sospechoso en un caso de asesinato por encargo. Luego podría desaparecer de la redacción y dirigirme al bar para brindar por el final de mi carrera en el periodismo diario. Porque en eso se resumía todo: no había ningún periódico en el mercado para un reportero de sucesos policiales de más de cuarenta años. Y menos cuando tenían una lista interminable de mano de obra barata: periodistas pipiolos como Angela Cook, recién salidos cada año de la Universidad del Sur de California, de Medill y de Columbia, todos ellos con un buen bagaje de conocimientos tecnológicos y dispuestos a trabajar por casi nada. Igual que ocurría con el periódico en papel y tinta, mi tiempo había acabado. Ahora se trataba de Internet; de actualizaciones horarias en las ediciones en línea y en los blogs; de conexiones de televisión y actualizaciones en Twitter; de escribir los artículos con el móvil en lugar de usar el teléfono para llamar a edición. El periódico matinal podría llamarse el Diario de ayer. Todo lo que contenía estaba colgado en la red la noche anterior.



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