Su blog se actualizaba casi a diario y en la redacción todos lo leían en secreto y con avidez. No estaba seguro de que le importara a la mayor parte del mundo que habitaba detrás de las gruesas paredes del edificio de Spring Street. El Times iba por el mismo camino que el conjunto del periodismo, y eso no era noticia. Incluso en el glorioso New York Times se sentían los apuros causados por el cambio a una sociedad que buscaba en Internet noticias y publicidad. Lo que escribía Goodwill y aquello por lo que me estaba llamando no significaba mucho más que un reordenamiento de sillas en la cubierta del Titanic.

Y al cabo de otras dos semanas tampoco me importaría a mí. Yo ya estaba pasando página y pensando en la novela empezada de manera un poco tosca que tenía en mi ordenador. Iba a ponerme con ella en cuanto llegara a casa. Sabía que podía exprimir mis ahorros durante al menos seis meses y después, si lo necesitaba, podría vivir de una hipoteca inversa; es decir, del valor que le quedara a la casa después de la reciente caída de precios. También podía cambiarme el coche por uno más pequeño y ahorrar gasolina comprando una de esas latas de sardinas híbridas que llevaba todo el mundo en la ciudad.

Ya estaba empezando a contemplar mi despido como una oportunidad. En lo más hondo, todo periodista desea ser novelista: es la diferencia entre el arte y el oficio. Todo escritor quiere que lo consideren un artista, y yo iba a intentarlo. La media novela que tenía esperando en casa -la trama de la cual ni siquiera podía recordar del todo- era mi trampolín.

– ¿Te vas hoy? -preguntó Goodwin.

– No, tengo un par de semanas si preparo a mi sustituta. He accedido.



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