Andrea Camilleri


La Paciencia de la araña

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Se despertó de golpe bañado en sudor y respirando afanosamente. Durante unos segundos no supo dónde estaba, hasta que la respiración ligera y regular de Livia, que dormía a su lado, lo devolvió al mundo conocido y tranquilizador. Se encontraba en su habitación de Marinella. Lo había arrancado del sueño un pinchazo gélido como el filo de una navaja en la herida del hombro izquierdo. No tuvo necesidad de consultar el reloj de la mesilla de noche para saber que eran las tres y media de la madrugada, más concretamente las tres horas, veintisiete minutos y cuarenta segundos. Le sucedía lo mismo desde hacía veinte días, los transcurridos desde aquella mala noche en que Jamil Zarzis, traficante de niños extracomunitarios, lo había herido de un disparo y él había reaccionado matándolo; veinte días, pero el tiempo parecía haberse detenido en aquel preciso momento. «Clac», había hecho un engranaje de la parte de su cabeza donde se medía el paso de las horas y los días, «clac», y desde entonces, si dormía se despertaba, y si por el contrario estaba despierto, percibía una especie de misteriosa e inapreciable parálisis de las cosas que lo rodeaban. Sabía que en el transcurso de aquel fulminante duelo ni siquiera le había pasado por la imaginación la idea de mirar qué hora era, y, sin embargo, eso lo recordaba muy bien, en el instante en que la bala disparada por Jamil Zarzis le penetraba en el cuerpo, una impersonal voz interior, una voz de mujer un tanto metálica, como las que se oyen en las estaciones y los supermercados, había dicho: «Son las tres horas, veintisiete minutos y cuarenta segundos.»

– ¿Estaba usted con el comisario Montalbano?

– Sí, doctor.

– ¿Se llama usted…?

– Fazio, doctor.

– ¿Cuándo lo han herido?



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