
– ¡Agua! -grita, enfurecido.
Livia se sobresalta.
– ¿Por qué bebe tanto, doctor? -pregunta.
– Seguramente por el efecto de la anestesia -dice Strazzera. Y añade-: De todos modos, Livia, la operación ha sido una tontería. Lo he hecho de tal manera que le quedará una cicatriz prácticamente invisible.
Ella lo mira con una sonrisa de gratitud que enfurece todavía más al comisario. ¡Una cicatriz invisible! O sea que podrá presentarse sin ningún problema al próximo concurso de Mr. Músculo.
A propósito de músculo, o lo que sea. Se desplaza sin hacer ruido hasta pegar el cuerpo a la espalda de Livia. Ella parece notar el contacto, a juzgar por la especie de maullido que emite en sueños.
Montalbano alarga una mano ahuecada y se la coloca sobre un pecho. Livia, como obedeciendo a un reflejo condicionado, apoya su mano sobre la de él. Y la actuación se detiene ahí. Porque él sabe de sobra que si sigue adelante, Livia lo parará en seco. Ya ocurrió la primera noche que regresaron a Marinella.
– No, Salvo, de eso ni hablar. Temo que te duela.
– Vamos, Livia, me han herido en el hombro, no en la…
– No seas vulgar. ¿Es que no lo entiendes? No me sentiría a gusto, tendría miedo de que…
Pero el músculo, o lo que sea, no comprende ese tipo de miedos. Carece de cerebro, no está acostumbrado a la meditación. No atiende a razones. Y allí se queda, hinchado de rabia y deseo.
Miedo. Temor. Eso experimenta al segundo día de la operación cuando, hacia las nueve de la mañana, la herida empieza a dolerle intensamente.
