
Vuelven a tender al herido.
– En mi opinión -concluye la lumbrera-, pueden pegarle tres o cuatro tiros más y después extraerle las balas sin anestesia. Con toda seguridad, su corazón lo resistiría. Y se va sin despedirse de nadie. Diez minutos después Montalbano está en el quirófano, donde brilla una luz blanca muy intensa. Un individuo se cubre el rostro con una especie de mascarilla que sostiene con la mano.
– Inspire hondo -le dice.
El obedece. Y ya no se acuerda de nada.
«¿Cómo es posible -se pregunta- que aún no hayan inventado un espray que, cuando no hay manera de conciliar el sueño, te lo introduzcas en la nariz y aprietes, salga el gas o lo que sea, y te quedes dormido de golpe?»
Sería muy práctico, una anestesia contra el insomnio. Le entran ganas de beber. Se levanta despacio para no despertar a Livia, se dirige a la cocina y se sirve un vaso de agua mineral de una botella abierta. ¿Y ahora? Decide ejercitar un poco el brazo, tal como le ha enseñado una enfermera especializada. Uno, dos, tres y cuatro. Uno, dos, tres y cuatro. El brazo funciona bien, hasta el punto de que puede conducir tranquilamente el coche.
Strazzera ha acertado de lleno. Sólo que algunas veces se le duerme, como ocurre con las piernas cuando uno permanece demasiado rato en la misma posición y nota pinchazos. O bien hormigueos. Bebe otro vaso de agua y vuelve a acostarse. Al notar que él se desliza bajo las mantas, Livia emite un murmullo y se da media vuelta.
– Agua -suplica, abriendo los ojos.
Livia llena un vaso y lo ayuda a beber colocándole una mano en la nuca.
