– No hay necesidad de encender el aire acondicionado hasta que arreglen esa ventana -añadió-, pero el termostato está en el pasillo, para cuando lo necesite.

Estaba siendo excesivamente cauteloso con mi dinero. Ahora que era rica, podía permitirme abrir las ventanas y las puertas de par en par y poner el termostato a cuarenta si me daba la gana hacer algo tan insensato y derrochador.

– Si tiene algún problema, cualquier cosa que no pueda solucionar, no dude en llamarme -insistió Sewell. Ya había expresado esa disposición varias veces, de varias formas distintas, pero solo una dijo-: La señora Jane tenía una alta opinión de usted. Estaba convencida de que podría lidiar con cualquier problema que se le presentase y dar con la solución.

Pillé la idea. Por el momento no salía de mi aprensión; deseaba de todo corazón que el señor Sewell se marchase. Por fin salió por la puerta principal y yo me arrodillé en el asiento empotrado en la ventana saliente y abrí ligeramente la persiana para observar cómo se alejaba con su coche. Una vez segura de que estaba lejos, abrí todas las persianas y me volví para observar mi nuevo territorio. El salón estaba enmoquetado (era la única estancia que lo estaba), y cuando Jane encargó que lo hicieran, extendió la moqueta para cubrir el asiento de la ventana saliente. Había algunos cojines bordados a mano dispuestos encima, y el efecto era bastante bonito. La moqueta que tanto le había gustado a Jane era de un rosa apagado con un leve entramado azul, y el mobiliario del salón (un sofá y dos sillones) iba a juego con ese tono azulado, mientras que las lámparas derivaban más hacia el blanco o el rosa. Había un pequeño televisor en color colocado para ser visto cómodamente desde el sillón favorito de Jane. La antigua mesa junto al sillón aún estaba atestada de revistas, un extraño y variado surtido que Jane coleccionaba: Southern Living Mystery Scene, Lear’s y una publicación de la iglesia.



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