Sewell se había encargado de todo. ¿Era eso el cuidado de un abogado por un buen cliente o la devoción de un amigo?

– Bueno -continuó de repente-, los pequeños gastos pendientes de la casa saldrán de la herencia, confío en que no le importe a pesar de que los hemos reducido al mínimo. ¿Sabe?, cuando se apaga completamente el aire o la calefacción, la casa se desangela enseguida, y siempre estuvo la remota probabilidad de que Jane volviera.

– No, claro que no me importa pagar la factura de la luz. ¿Tienen Parnell y Leah una llave?

– No, Jane fue muy explícita al respecto. Parnell vino a ofrecerse a llevarse las cosas de Jane, pero me negué, por supuesto.

– ¿Y eso?

– Son suyas ahora -dijo llanamente-. Todo es suyo -reforzó con cierto énfasis, ¿o eran imaginaciones mías?-. Todo lo que hay en esta casa le pertenece. Parnell y Leah están al corriente de sus cinco mil, y la propia Jane les dio las llaves de su coche dos días antes de su muerte para que se lo llevasen del garaje, pero, aparte de eso, todo lo que quede en la casa -de repente me puse alerta, casi asustada- es suyo para hacer con ello lo que crea más oportuno.

Entrecerré los ojos, concentrada. ¿Qué me estaba diciendo sin decirlo realmente?

En alguna parte, en algún rincón de esa casa acechaba un problema. Por alguna razón, el legado de Jane no era del todo bienintencionado.


Tras informar a la policía del allanamiento y llamar a los cristaleros para que arreglasen la ventana, Bubba Sewell se fue.

– Ni siquiera creo que se presente la policía, ya que no falta nada. Pero haré una parada en la comisaría de regreso a mi despacho -dijo mientras se encaminaba hacia la puerta.

Eso me alivió considerablemente. Había conocido a la mayoría de los agentes locales mientras salía con Arthur; son todos muy corporativistas.



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