Así que, señorita Genio, él buscaba algo grande. Bueno, también podía ser una mujer, pero no tenía intención de complicarme con su género. Un «él» genérico bastaría por el momento. ¿Qué sería eso tan grande que Jane escondiera y por lo que alguien se tomaría la molestia de asaltar la casa? Pregunta sin respuesta hasta saber más, y tenía la clara sensación de que acabaría sabiendo más.

Al acabar de ordenar la cocina, me dirigí hacia el dormitorio de invitados. El único desorden allí, ahora que había retirado los cristales rotos, eran los dos armarios individuales, que habían abierto y vaciado. Una vez más, no habían intentado destruir o mutilar los objetos contenidos; se habían limitado a vaciarlos rápida y concienzudamente. Jane guardaba sus maletas en uno de los armarios. Habían abierto las más grandes. Ropa de fuera de temporada, cajas de fotografías y recuerdos, una máquina de coser portátil, dos cajas de adornos de Navidad…, todas esas cosas que tendría que repasar y sobre las que decidirme, pero por el momento me bastaba con volver a meterlas en su sitio. Mientras colgaba un pesado abrigo, me di cuenta de que las paredes de los armarios habían recibido el mismo tratamiento que el armario escobero de la cocina.

Las escaleras del desván se encontraban en el pequeño pasillo, flanqueado por las puertas de dos dormitorios a los lados y culminado al fondo por la puerta del cuarto de baño. Lo cierto, me percaté, es que esa casa era varios metros cuadrados más pequeña que la mía. Si me mudaba, tendría menos espacio, pero más independencia.

Seguramente haría calor en el desván, pero haría mucho más por la tarde. Aferré el cordón del tirador y tiré. Contemplé con cuidado las escaleras que se habían desplegado ante mí. No parecían muy robustas.



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