
A Jane tampoco le gustaba usarlas, según pude averiguar tras ascender los quejumbrosos peldaños. Allí arriba había poco más que polvo y un aislamiento perturbador. Allí también había estado el intruso, y al parecer no había escatimado esfuerzos. Habían desenrollado un sobrante de la moqueta del salón y un baúl yacía con los cajones a medio sacar. Cerré el ático con cierto alivio y me lavé el polvo de las manos y la cara en el cuarto de baño, que era bastante amplio, con un gran armario para la colada bajo el cual una puerta daba a un espacio lo bastante amplio como para meter una cesta para la ropa sucia. También había recibido las atenciones del intruso.
Fuese quien fuese, buscaba un escondite oculto donde dejar algo que cupiese en un armario, pero no detrás de unos libros… Algo imposible de esconder entre sábanas y toallas, pero sí en una cacerola amplia. Intenté imaginar a Jane escondiendo… ¿una maleta llena de dinero? ¿Qué si no? ¿Una caja con… documentos reveladores de un terrible secreto? Abrí la mitad superior del armario para ver las sábanas y toallas de Jane, pulcramente dobladas, sin verlas en realidad. Menos mal que no habían desordenado todo aquello, cavilé con la mitad de mi cerebro, ya que Jane era una campeona del doblado; las toallas estaban más pulcras de lo que jamás sería capaz de conseguir, y al parecer había planchado las sábanas, algo que no había visto desde mi infancia.
Nada de dinero o documentos; quizá los hubiera repartido para que cupieran en los espacios que el intruso había pasado por alto.
Sonó el timbre, provocando que diera un respingo.
Eran los cristaleros, un equipo formado por un matrimonio al que ya había recurrido cuando tuve algunos problemas de ventanas en los apartamentos de mi madre. Aceptaron mi presencia en la casa sin hacer preguntas. La mujer comentó que últimamente estaban forzando muchas ventanas traseras, cosa nada habitual cuando ella era «una niña».
