
Mamá le sirvió el café y James la copa de coñac. La comida, incluso la de mamá no interesaba demasiado al doctor, en cambio, mientras cerraba los ojos para saborear su coñac «Napoleón», pensó que sin duda la combinación del buen café y el coñac caldeaba el cuerpo, desde el estómago hasta el extremo de la espina dorsal. En esas épocas era el mejor preludio para la cama, lo que posiblemente explicaba el incremento en el consumo de bebidas fuertes después de las comidas, producido en los últimos años, y el descenso en el consumo de esas bebidas antes de las comidas.
Su bisabuelo y su abuelo paterno habían sido comerciantes mayoristas de vinos y coñacs franceses, así como entusiastas bebedores, y habían construido en esas épocas importantes bodegas familiares. Con el paso de los años, los vinos desaparecieron, porque resultaba imposible mantener las botellas a la temperatura constante que necesitaban; un sótano frío las deterioraba tanto como una alacena demasiado calurosa. Sin embargo, el coñac logró sobrevivir y, a pesar de que los glaciares iban descendiendo a través de Canadá, Rusia, Escandinavia y Siberia a una velocidad vertiginosa, Francia todavía conseguía producir coñac y armañac la mayoría de los años, de tal modo que las bodegas del doctor Christian se mantenían bien surtidas. En la actualidad, la familia no consumía demasiado vino, pues el coñac le resultaba mucho más provechoso.
– Nuestra Pat-Pat tuvo hoy un éxito resonante -comentó el doctor Christian.
– ¡Ya lo creo! -exclamó Miriam, con orgullo.
– Le di de alta.
– Me parece perfecto. ¿Te comentó que ella y su marido van a solicitar que les reubiquen? Por lo visto, hace tiempo que «Texas A & M» quiere contratar a Bob, pero él se aferraba a Chubb alegando los motivos de siempre: que sólo las ratas abandonan el barco que se hunde, miedo a lo desconocido, la típica desconfianza que sienten los yanquis por cualquier parte del país que no sea Nueva Inglaterra.
