El aire siempre era fragante y dulce y se establecía una relación simbiótica respiratoria; el dióxido de carbono alimentaba a las plantas, el oxígeno a los seres humanos, y cada uno inhalaba lo que el otro exhalaba. La planta baja era siempre mucho más calentita que el primer piso, donde se encontraban los dormitorios, porque las plantas producían calor, al igual que la luz fluorescente, en constante funcionar miento. En ese piso consumían casi toda la preciosa ración de electricidad y casi todo el gas que les estaba permitido consumir para calefacción, que ahorraban para las épocas en que el frío era tan intenso, que sólo la energía radiante conseguía mantener vivas a las plantas. Durante el día, vivían en ese piso; los dos pisos superiores eran exclusivamente para dormir.

La familia dedicaba todo el domingo a las plantas, las regaban, las nutrían, las lavaban y podaban las hojas secas, curaban sus heridas y combatían las pestes. Todos disfrutaban enormemente con ese cambio en la rutina diaria y no les parecía una fastidiosa obligación, pues sentían que sus trabajos eran premiados. Los domingos, las plantas más sufridas que habían pasado la semana en la clínica, eran trasladadas a la planta baja del 1.047 y, remplazadas por otras en el 1.045.

Pero ese día había sido el más desagradable del mes para el doctor Joshua. Era el día que dedicaba a rellenar todos los formularios para enviarlos a Holloman, Hartford y Washington para satisfacer el apetito burocrático de papeles y más papeles; la jornada en que debía pagar todas las cuentas y revisar los libros. En ese día, que él llamaba de expiación, no solía visitar la clínica, pero aquel día la inesperada crisis de las Pat-Pat a última hora había distraído su atención, y deseaba saber qué opinaban los demás respecto a los últimos acontecimientos ocurridos en casa de la quinta integrante del clan Pat-Pat.



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