
Contuvo el aliento, una vez más estupefacto, al comprobar que su madre seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en su vida, aunque ella no fuera consciente de ello o, por lo menos, así lo creía él. No, ciertamente, no había vestigio de vanidad en su cuerpo. Y aunque él tenía ya treinta y dos años, a ella le faltaban cuatro meses para cumplir cuarenta y ocho. Se había casado siendo apenas una criatura. Decían que había amado apasionadamente a su padre, un hombre mucho mayor que ella, y que, deliberadamente, había hecho todo lo posible por quedar embarazada para vencer los escrúpulos que a él le causaba casarse con una jovencita tan hermosa. Resultaba reconfortante comprobar que tampoco su padre había logrado resistirse a los encantos de su madre.
Joshua Christian tenía sólo un vago recuerdo de su padre, ya que éste había muerto cuando él tenía apenas cuatro años, y el doctor nunca supo con seguridad si realmente le recordaba o si le veía retratado en el espejo de las múltiples historias que le contaba su madre. Él era el vivo retrato de su padre, pobre tipo, ¿qué diablos tendría para que su madre estuviera tan enamorada de él? Era muy alto y delgado, de cabello oscuro, ojos negros, con uno de esos rostros de mejillas hundidas y nariz grande y aguileña.
Volvió a la realidad sobresaltado y se dio cuenta de que su madre le observaba con ojos llenos del amor más simple y puro, tanto que jamás le resultaba una carga, sino que lo aceptaba sin miedo ni culpa.
– ¿Dónde están todos? -preguntó acercándose a la cocina para poder conversar más cómodamente con ella.
