
– Todavía no han vuelto de la clínica.
– Realmente, pienso que deberías dejar ciertos trabajos domésticos para las chicas, mamá.
– No es necesario -contestó ella con firmeza. Era un tema que surgía a cada instante-. Las chicas deben estar en el 1.045.
– Pero esta casa es demasiado grande para que tú sola te encargues de todo.
– Lo que complica el manejo de una casa son los niños, Joshua, y en esta casa no hay niños. -Lo dijo con un tono de voz levemente triste, pero tratando de eliminar cualquier tono de reproche. En seguida hizo un esfuerzo visible por sobreponerse y siguió hablando animadamente-. Además, no tengo que limpiar el polvo, cosa que debe ser la única ventaja de estos inviernos modernos. Es absolutamente imposible que entre polvo en casa.
– Me siento orgulloso de que seas tan optimista, mamá.
– ¿Te imaginas el mal ejemplo que daría a tus pacientes si me quejara? Algún día James y Andrew tendrán hijos y yo volveré a estar en mi elemento, porque pronto volverán a ser necesarias las madres en el 1.045 y, después de todo, yo soy la que tengo más experiencia en este sentido. Pertenezco a la última generación afortunada, tuve la libertad de tener todos los hijos que quise y te aseguro que hubiera deseado tener docenas de ellos. Di a luz a cuatro en cuatro años y si tu padre no hubiera muerto, habría tenido muchos más. Y ésa es una bendición que siempre tengo presente, Joshua.
El doctor permaneció en silencio, aunque ardía en deseos de contestarle: «¡Oh, mamá, qué egoísta fuiste!» Cuatro hijos. «El doble de seres humanos de lo que sumabais tú y papá, en una época en que el resto del mundo las parejas no sólo no tenían cuatro hijos, sino que se conformaban con uno solo, y cada vez había más gente que se preguntaba escandalizada por qué en Norteamérica podíamos seguir teniendo todo lo que quisiéramos. Ahora tus cuatro hijos debemos pagar por tu ceguera y tu falta de previsión. Ésa es la verdadera carga que llevamos sobre los hombros, no el frío ni la falta de comodidades o de intimidad cuando viajamos, ni siquiera las estrictas normas, tan lejanas al corazón de cualquier norteamericano de verdad. Nuestra verdadera carga son los hijos. O, más bien, el no poder tenerlos.»
