
– Bueno, supongo que será muy práctico -Victoria ladeó la cabeza-. ¿Entonces sólo es eso para ti? ¿Un trabajo?
– ¿Y qué otra cosa va a ser?
– Pues casarte con un príncipe. Yo estoy aquí para eso.
Maggie pestañeó repetidamente.
– ¿Y qué tal te va?
– No muy bien -reconoció Victoria con un suspiro-. Como te he dicho, trabajo para el príncipe Nadim, que es uno de los primos de Qadir. Tengo esperanzas de que un día él se fije en mí, pero de momento no ha pasado nada. Un día me mirará y se enamorará de mí.
Maggie no sabía qué decir.
– Pues tú no pareces muy enamorada de él.
– No lo estoy -respondió Victoria con una sonrisa-. El amor es para los ilusos, es algo que conlleva mucho riesgo. Yo no quiero entregarle mi corazón a nadie. ¿Pero qué niña no crece deseando ser una princesa?
Maggie se dijo que tenía que haber algo más que eso. Victoria era demasiado cariñosa y extrovertida como para preocuparse sólo por el dinero. Maggie pensó que a lo mejor estaba equivocada; ella no tenía muchas amigas, sobre todo porque era mecánico de coches, y eso parecía asustar a la gente. Victoria miró su reloj.
– Tengo que volver -se apoyó sobre la mesa y anotó un número-. Éste es mi móvil. Lámame si quieres preguntarme algo, o si te apetece que cenemos juntas. El palacio es un sitio precioso, pero al principio puede dar un poco de miedo, y a ratos se siente una sola. Así que cuando quieras podemos estar juntas.
Cuando se marchó Victoria, Maggie se preguntó si habría dicho en serio lo de casarse con el príncipe Nadim. Suponía que había mujeres a quienes les interesaba más lo que pudieran sacarle a un hombre que su forma de ser, pero ella no era una de ésas.
Desgraciadamente, al pensar en los hombres pensó en Jon. No quería echarle de menos, ni tener ganas de llamarlo para contarle cómo era el palacio. Jon estaba enamorado de Elaine, y aunque podían seguir siendo amigos, la situación había cambiado. No había vuelta atrás, pero tampoco parecía capaz de seguir adelante.
