
– Necesito piezas originales, si soy capaz de dar con ellas. Será difícil, pero cuando lo termine quiero que quede exactamente como cuando era nuevo.
– Pues la verdad es que parece divertido -Victoria se acercó a una puerta-. Este es tu despacho.
– ¿Despacho? -Maggie había pensado que tendría unas estanterías en el garaje y unas cajas de herramientas, pero no había imaginado que le darían un despacho.
Era un espacio amplio, limpio y totalmente equipado. Aparte de una mesa donde había un ordenador, vio unos estantes con catálogos y un tablero organizador de herramientas que ocupaba toda una pared.
Victoria abrió el cajón de la mesa y sacó una tarjeta de crédito.
– Tuya. Tienes permiso para adquirir lo que te haga falta para el coche. Qadir no ha limitado tus gastos. -¿De verdad es para mí?
– Totalmente. Anoche estuve aquí y te puse en marcha el ordenador. Ya tienes Internet.
– Gracias… Supongo que ya no estoy en Kansas. A Maggie le apasionaba su trabajo. Trabajar con aquel Rolls Royce iba a ser una experiencia nueva para ella, pero tener todo a su disposición era maravilloso. -¿Eres de allí?
– De Aspen, en Colorado.
– Dicen que es una zona muy bonita.
– Lo es.
– ¿Cómo terminaste en El Deharia? -preguntó Victoria.
Maggie le resumió un poco la historia.
– Entonces mi padre murió y yo decidí que quería hacer el trabajo -concluyó.
Era una versión simple de lo ocurrido, pensaba Maggie, que no le quería contar a una desconocida que había tenido que vender su negocio para pagar las facturas médicas, y que había aceptado ese trabajo con el príncipe Qadir porque era la única oportunidad de recuperar el negocio familiar, como le había prometido a su padre antes de morir.
– Siento tu pérdida -dijo Victoria-. Tiene que ser horrible. ¿Tu madre vive?
– No. Murió cuando yo era un bebé. Me crié nada más que con mi padre, pero fue una experiencia maravillosa. Me encantaba estar con él en el taller y aprender todo sobre los coches.
