– Bueno, caramba… -murmuró ella.

El príncipe Qadir arqueó las cejas.

– ¿Cómo dice?

Maggie se echó a temblar sólo de pensar que se le había escapado en voz alta.

– Yo, esto… -tragó saliva, pero enseguida recuperó la compostura-. Príncipe Qadir -Maggie se adelantó también y le dio la mano-. Encantada de conocerle. Soy Maggie Collins; nos hemos estado comunicando por correo electrónico.

Él le dio la mano.

– Lo sé, señorita Collins. Creo que en el último que le envié le comentaba que prefería trabajar con su padre.

– Sin embargo, el billete estaba a mi nombre -dijo ella distraídamente mientras dejaba caer la mano, consciente de la estatura del hombre que estaba a su lado.

– Les envié un billete a cada uno. ¿Es que él no ha utilizado el suyo?

– No, no lo ha utilizado -miró por la ventana el jardín-. Mi padre… -se aclaró la voz y se volvió a mirar al príncipe, sabiendo que no era el mejor momento para ponerse triste, que había ido allí a trabajar-. Mi padre falleció hace cuatro meses.

– Vaya… Le acompaño en el sentimiento, señorita Collins.

– Gracias.

Qadir miró su reloj.

– Un coche la llevará a su hotel.

– ¿Cómo? -la indignación se llevó cualquier sentimiento de tristeza-. ¿Ni siquiera va a hablar conmigo?

– No.

Qué reacción más arrogante, más típica de un hombre.

– Soy más que capaz de hacer mi trabajo.

– No lo dudo, señorita Collins. Sin embargo, mi trato fue con su padre.

– Mi padre y yo trabajábamos juntos.

Durante el último año de vida de su padre, ella había dirigido el negocio de restauración de coches antiguos que su padre había abierto hacía ya muchos años. Al final, Maggie lo había perdido, pero no porque hubiera cometido algún error. Los gastos médicos habían sido tremendos, y al final había tenido que venderlo todo para pagarlos, incluido el negocio.



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