
– Este proyecto es muy importante para mí. Quiero a alguien con experiencia.
Maggie quería pegarle un empujón y tirarlo al suelo. Pero aunque tuviera a su favor el elemento sorpresa, no pasaría de un golpe, teniendo en cuenta que ella era una mujer y él era un hombre alto y fuerte. Además, si quería conseguir el trabajo no debía pegar a un miembro de la familia real.
– Entre 1936 y 1939 se fabricaron exactamente setecientos diecisiete Rolls-Royce Phantom Hl, además de diez coches experimentales -dijo Maggie, que lo miraba con gesto hostil-. Los primeros modelos alcanzaban una velocidad máxima de 148 kilómetros por hora. Enseguida se empezaron a notar los problemas, porque los coches no estaban diseñados para mantener la velocidad máxima durante un intervalo de tiempo prolongado. Esto se convirtió en una cuestión de primer orden cuando los dueños de los coches se los llevaban a Europa para conducir en la nueva autopista alemana. El apuro inicial de la empresa fue el tener que decirles a los conductores que fueran más despacio. Más tarde, ofrecieron una modificación que era poco más que una cuarta marcha de alto porcentaje que también ralentizaba la velocidad del vehículo.
Maggie hizo una pausa.
– Hay más -continuó-, pero estoy segura de que se sabrá la mayoría.
– Ya veo que ha hecho los deberes.
– Soy una profesional.
Una profesional que necesitaba ese trabajo desesperadamente. El príncipe Qadir tenía un Phantom 111 de 1936 que quería restaurar, y el dinero no representaba un problema para él. Maggie necesitaba el dinero que él les había ofrecido para terminar de pagar los gastos médicos de su padre y para poder cumplir lo que le había prometido a su padre; volver a abrir el negocio familiar.
– Es una mujer.
Ella se miró el pecho y luego a él.
– ¿De verdad? Ah, entonces eso explica lo de los pechos. Me preguntaba por qué estaban ahí.
