George Collins había sido uno de los mejores restauradores y mecánicos del sector. ¿Habría heredado su hija su perfección, o sencillamente se estaría aprovechando del apellido del padre?

Maggie abrió la puerta del lado del acompañante.

– Las ratas se han comido el cuero -murmuró, antes de mirarlo bien-. Pero yo conozco a un tipo que puede hacer milagros.

– ¿Cuánto tardaría en restaurarlo? -preguntó el príncipe.

Ella sonrió.

– ¿De cuánto dinero dispone para ello?

– Del que sea necesario.

– Debe de ser estupendo estar en esa situación – consideró la pregunta de Qadir-. Con un envío urgente y mis contactos, podría llevarme entre seis y ocho semanas; eso teniendo en cuenta que encuentre todo lo que necesito. Quiero traer a una persona que se encargará de la tapicería y de la pintura. Lo demás lo haré todo yo. Supongo que por aquí habrá talleres donde se hagan trabajos de chapa.

– Los hay.

Ella se puso derecha y se cruzó de brazos. -¿Entonces, estamos de acuerdo?

A Qadir no le importaba trabajar con mujeres. Le gustaban las mujeres, eran suaves, atractivas y olían bien. Pero el Phantom era especial.

– No puede rechazarme por ser mujer -dijo Maggie, que intuía lo que el otro estaba pensando-. Sabe que eso no estaría bien. El Deharia es un estado progresista, abierta -desvió la mirada un momento, antes de volverse a mirarlo-. Mi padre ha muerto y lo echo de menos cada minuto del día. Necesito hacer esto por él, porque eso es lo que él habría querido. Nadie va a cuidar más este proyecto en particular que yo, príncipe Qadir. Le doy mi palabra de honor.

Un ruego apasionado.

– ¿Pero tiene valor su palabra?

– He matado a un hombre por asumir menos. La inesperada respuesta le hizo reír.

– Muy bien, señorita Collins, puede restaurar mi coche. El trato será el mismo que hice con su padre. Tiene seis semanas para devolverle su antiguo esplendot



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