
– Pues tiene más de cuatro mil arios.
– ¿De verdad? Pues no por eso es más bonito. ¿En serio, quiere tenerlo en su salón?
Nunca le había prestado demasiada atención a aquella pieza de alfarería antigua, sin embargo tenía que reconocer que tampoco a él le gustaba demasiado.
– Está mejor aquí, donde todos podemos disfrutarlo.
– Muy diplomático. ¿Eso responde a su formación principesca?
– Le gusta decir lo que piensa, ¿verdad?
Maggie suspiró.
– Sí, lo sé. A veces me causa muchos problemas. Intentaré callarme.
No abrió la boca hasta que llegaron al garaje. Qadir abrió la puerta y la invitó a pasar, y al hacerlo se encendieron las luces automáticamente.
En ese garaje sólo había una docena de vehículos. Maggie pasó delante de un Volvo que usaban los empleados, del Lamborghini de Qadir, de dos Porches, un Land Rover y un Hummer. Al final de la fila de coches estaba el viejo Rolls Royce Phantom III.
– Dios mío, es la primera vez que veo uno de cerca… -suspiró Maggie y pasó la mano por el costado del coche-. Pobrecito, no estás demasiado bien, ¿verdad? Pero yo me voy a ocupar de ti -se volvió hacia Qadir-. El primero de estos coches apareció en público en octubre de 1935 en el London Olympia Motor Show. Llevaron nueve Phantoms, pero sólo uno de ellos tenía motor -se volvió hacia el coche-. Tiene un motor V12, y pasa de cero a sesenta en 16'8 segundos. Eso es muy rápido para un coche tan grane como éste, sobre todo teniendo en cuenta lo silencioso que es el motor.
Maggie rodeó el vehículo, lo tocó y aspiró su olor, orno si quisiera asimilar su esencia. Tenía los ojos más abiertos de lo normal y la expresión arrebatada. Había visto ese gesto en el rostro de una mujer anteriormente, cuando les había regalado joyas caras, o viajes a París o Milán para ir de compras.
– Tiene que dejarme que lo haga -le dijo ella-. Jadie lo amará como yo.
