
– ¿Qué tal el coche? -preguntó él.
Maggie se lanzó a una explicación de diez minutos sobre las beldades del vehículo, además de los detalles técnicos. Pero al oír las respuestas tan poco entusiastas de Jon, se dio cuenta de que le estaba aburriendo.
– Estás escribiendo un correo electrónico, ¿no? -preguntó Maggie.
– No. Claro que no. Estoy alucinado con el motor, esto, V8.
– Es V12 y ya voy a dejar de hablar de ello. Te dejo que vuelvas al trabajo.
– Te felicito por haber conseguido el trabajo. Ya me contarás cómo te va, o llámame si necesitas algo. -Lo haré. Saluda a Elaine de mi parte.
Jon no respondió.
Maggie suspiró.
– Lo digo en serio. Salúdala. De verdad, me alegro por ti, Jonny.
– Maggie…
– No. Somos amigos, y es lo que tenemos que ser. Los dos lo sabemos. Bueno, tengo que dejarte. Ya te llamaré. Adiós.
Colgó antes de que el otro pudiera añadir nada más.
Aunque era muy tarde, estaba demasiado inquieta para irse a la cama. Lo atribuyó a la diferencia horaria; doce o quince horas de diferencia trastocaban un poco el equilibrio.
Se puso a unos vaqueros y una camiseta, y después de calzarse unas chanclas, abrió la cristalera de su suite y salió fuera. La noche era suave y fresca.
Sus habitaciones estaban orientadas al mar, lo cual le encantaba. En casa tenía unas vistas estupendas de la montaña, pero una vasta extensión de agua era algo especial.
– No puedo acostumbrarme a este lujo -se dijo.
Había alquilado su casa de Aspen durante un par de meses. Era el final de la temporada de esquí y los alquileres estaban aún altos. Pero en cuanto terminara el trabajo, volvería a la pequeña casa donde se había criado, con sus escaleras un poco desvencijadas y su cuarto de baño pequeño.
Aspiró el aroma del salitre. Había luces en el jardín, situado un poco más abajo, y se oía el sonido de voces en la distancia. Le dio la impresión de que el balcón daba la vuelta a todo el edificio del palacio. Llena de curiosidad y deseosa de explorar, Maggie cerró la puerta de su suite y avanzó por el balcón.
