Pasó delante de varias habitaciones vacías y de muchas ventanas cerradas con las cortinas echadas. Pasó delante de unas cristaleras que estaban abiertas, y por entre las cortinas vio a tres chicas tumbadas en un sofá con un hombre que se parecía un poco a Qadir.

Un hermano, pensó. Normalmente un rey tenía varios hijos; hijas, las menos posible. Uno no querría a una mujer interponiéndose en su camino, pensó con una sonrisa. ¿Cómo sería crecer allí, en aquel ambiente? Ser una persona rica, mimada, a quien le regalaran un pony a los tres años, o un…

– Qadir, espero más de ti -se oyó una voz ronca que surgió del oscuro jardín.

Maggie detuvo sus pasos tan repentinamente que estuvo a punto de dejarse las chanclas atrás.

– Con el tiempo -dijo Qadir con voz serena.

– ¿Cuánto tiempo? Asad está prometido. Se casará dentro de unas semanas. Tú también tienes que sentar la cabeza. ¿Cómo es posible que tenga tantos hijos y ningún nieto?

Maggie sabía que lo mejor sería darse la vuelta y volver a su habitación… pero también quería escuchar la conversación. Era la primera vez que oía a un rey hablar con un hijo. No le pareció que estuvieran discutiendo, tan sólo conversando de padre a hijo.

Se escondió detrás de un poste grande y trató de no emitir ni un sonido.

– Asad te trae tres hijas, eso debería bastar de momento.

– No te lo tomas en serio. Entre todas las mujeres con las que has estado, podrías haber encontrado alguna para casarte.

– Lo siento, pero no.

– Es esa chica -murmuró el rey-. Esa chica de antes. Ella es la razón.

– Ella no tiene nada que ver con esto.

¿Chica? ¿Qué chica? Maggie se dijo que debía meterse en Internet a investigar el pasado de Qadir.

– Si no eres capaz de buscar novia, yo te la buscaré -añadió el rey-. Y cumplirás con tu deber.



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