Andrea Camilleri


La pista de arena

Nº 16 del Comisario Montalbano


Capítulo 1

Abrió los ojos y enseguida volvió a cerrarlos. Hacía un tiempo que le sobrevenía esa especie de rechazo del despertar, pero no era para prolongar algún sueño agradable -a esas alturas cada vez menos frecuentes-, no; eran pura y simplemente ganas de quedarse un poco más en el interior del pozo oscuro, profundo y caliente del sueño, escondido justo al fondo, donde era imposible que lo encontraran.

Pero sabía que estaba irremediablemente desvelado. Entonces, manteniendo los ojos cerrados, se puso a escuchar el rumor del mar.

Aquella mañana el rumor era muy suave, casi un susurro de hojas que se repetía invariablemente, señal de que la resaca, en su ir y venir, mantenía una respiración tranquila. Y por eso el día debía de ser bueno, sin pizca de viento.

Abrió los ojos y miró el reloj. Las siete. Se dispuso a levantarse y entonces recordó que había tenido un sueño, del cual sólo conservaba unas imágenes confusas e inconexas. Un estupendo pretexto para retrasar un poco el momento de levantarse. Volvió a tumbarse y cerró de nuevo los ojos, tratando de ordenar aquellos fotogramas desperdigados.


* * *

La persona que se encontraba a su lado en una especie de inmensa explanada cubierta de hierba era una mujer; ahora comprendía que era Livia aunque no lo era, pues tenía el rostro de Livia pero el cuerpo demasiado grande, deformado por un par de posaderas tan gigantescas que le costaba caminar.

Por su parte, él se sentía cansado, como después de un largo paseo, por más que no recordara cuánto rato llevaban caminando.

Entonces preguntaba:

– ¿Falta mucho?

– ¿Ya te has cansado? ¡Ni siquiera un niño se cansaría tan pronto! Ya casi estamos.



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