La voz no era la de Livia; carecía de gracia y sonaba demasiado estridente.

Recorrían unos cien pasos más y llegaban a una verja de hierro forjado, abierta. Más allá seguía la explanada de hierba.

¿Qué hacía allí aquella verja si, hasta donde alcanzaba la vista, no se veía ni una carretera ni una casa? Quería preguntárselo a la mujer, pero no lo hacía para no oír su voz.

Traspasar una verja que no servía para nada y no llevaba a ninguna parte le parecía tan ridículo que hizo ademán de rodearla.

– ¡No! -gritaba la mujer-. ¿Qué haces? ¡No está permitido! ¡Los señores podrían enfadarse!

Su voz era tan aguda que poco faltaba para que le perforara los tímpanos a Montalbano. Pero ¿de qué señores estaba hablando? Sea como fuere, él obedecía.

Nada más cruzar la verja, el paisaje cambiaba y se convertía en un campo de carreras, en un hipódromo con su correspondiente pista. Pero no había ni un solo espectador y las tribunas estaban desiertas.

Entonces el comisario reparaba en que llevaba unas botas con espuelas en lugar de zapatos, e iba vestido exactamente igual que un jockey. Hasta sujetaba una fusta bajo el brazo. Madre santa, pero ¿qué querían de él? Jamás en su vida había montado a caballo! O quizá sí; cuando tenía diez años, su tío lo había llevado a un campo donde…

– Móntame -decía la desangelada voz.

Él se volvía para mirarla.

Ya no era una mujer, sino casi un caballo. Se había puesto a cuatro patas, pero los cascos de las manos y los pies eran visiblemente falsos; estaban hechos de hueso, y los llevaba calzados como si fueran zapatillas.

Tenía silla de montar y riendas.

– Anda, móntame -repetía la mujer.

Él lo hizo y ella se lanzó al galope a la velocidad del rayo. Catacloc, catacloc, catacloc…

– ¡Para! ¡Para!

Pero ella galopaba todavía más rápido.

En determinado momento, Montalbano se encontraba caído en el suelo, con el pie izquierdo atrapado en el estribo, mientras la yegua relinchaba… no: reía, reía y reía… Después la yegua se arrodillaba de golpe sobre las patas delanteras al tiempo que soltaba un relincho, y él, repentinamente liberado, escapaba.



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