
– Me parece que no -dijo Fazio.
– Pues entonces dejémoslo correr, de momento. ¿Cómo ha acabado la historia con Pepe Rizzo?
Era una historia de la que se ocupaba Mimì. Se sospechaba que Pepe Rizzo era el proveedor al por mayor de los vendedores ambulantes de la provincia, a los que suministraba todo lo que se podía falsificar, de relojes Rolex a las camisetas del cocodrilo, de CVD a DVD. Mimì había descubierto el almacén y la víspera había conseguido de la fiscalía la orden de registro. Al oír la pregunta, Augello se echó a reír.
– ¡Hemos encontrado todo el tinglado, Salvo! Había algunas camisas con la misma marca exacta que las originales que me han robado el corazón y…
– ¡Quieto! -le ordenó el comisario.
Todos lo miraron sorprendidos.
– ¡Catarella!
El grito fue tan fuerte que a Fazio se le cayeron al suelo las pruebas que estaba recogiendo.
Catarella regresó corriendo, volvió a resbalar delante de la puerta abierta y consiguió agarrarse a la jamba.
– Catarella, presta atención.
– A sus órdenes, dottori.
– Cuando has dicho que los caballos se señalan, ¿querías decir que se les marca?
– Justamente eso, dottori.
¡He ahí por qué para los verdugos era tan importante recuperar el cadáver del animal!
– Gracias, ya puedes irte. ¿Habéis comprendido?
– No -admitió Augello.
– Catarella nos ha recordado a su manera que a los caballos les marcan a fuego las iniciales del propietario o la cuadra. Nuestro caballo debió de caer sobre el costado donde tenía la marca y por eso no la vi. Y, para ser sincero, tampoco se me pasó por la cabeza la idea de buscarla.
Fazio adoptó una expresión pensativa.
– Empiezo a creer que, a lo mejor, resulta que los extra-comunitarios…
– … no tienen nada que ver -acabó la frase Montalbano-. Esta mañana, después de que os fuerais, me he convencido. Las huellas del carretón no llegan a las chabolas, sino que, al cabo de unos cincuenta metros, se desvían hacia la carretera provincial. Allí seguramente los esperaba una camioneta.
