
Eligieron la segunda de tácito acuerdo.
– Lamento repetirme, pero no creo que sea tan fácil identificar al propietario del caballo -dijo Fazio.
– Por lo menos tendríamos que haber fotografiado al animal -añadió Galluzzo.
– ¿No hay un registro de caballos como el de automóviles? -preguntó Montalbano.
– No lo sé -contestó Fazio-. Además, tampoco sabemos qué clase de caballo era.
– ¿En qué sentido?
– En el sentido de que no sabemos si era de tiro, de cría, de monta, de carreras…
– Los caballos se señalan -intervino a media voz Catarella, quien, como el comisario no le había indicado que entrara, se había quedado delante de la puerta con los sobres en la mano.
Montalbano, Fazio y Galluzzo lo miraron con aire de desconcierto.
– ¿Qué has dicho? -preguntó Montalbano.
– ¿Yo? No hi dicho nada -contestó Catarella, temiendo haberse equivocado al abrir la boca.
– ¡Pero si acabas de hablar ahora mismo! ¿Qué has dicho que hacen los caballos?
– Hi dicho que se señalan, dottori.
– ¿Y con qué?
Catarella pareció dudar.
– Cuando se señalan, yo no sé con qué, dottori.
– Bueno, deja el correo y vete.
Dolido, Catarella depositó los sobres en el escritorio y se retiró mirando al suelo. En la puerta estuvo a punto de chocar con Mimì Augello, que llegaba a toda prisa.
– Perdón por el retraso, pero he tenido que atender al chiquillo que…
– Estás perdonado.
– Y estas pruebas, ¿qué son? -preguntó, al ver encima de la mesa la cuerda y las colillas.
– Han matado un caballo a golpes -dijo Montalbano. Y le refirió toda la historia-. ¿Tú entiendes de caballos? -le preguntó al final.
Mimì rió.
– Basta con que un caballo me mire para que me lleve un susto, ¡o sea, que ya ves!
– Pero en la comisaría, ¿hay alguien que entienda?
