Ambas tenían las manos limpias. Ambas parecían disfrutar del frescor de la noche. ¿Qué podía decir yo? Sólo bobadas. Una atmósfera de extraña dignidad las cubría, protegiéndolas. La joven era silenciosa y oscura. La vieja, por el contrario, era parlanchina y tenía el color de la luna, de una luna astillada que se venía abajo. ¿De qué hablaban aquella primera vez? No lo recuerdo. Ni siquiera un minuto después de dejarlas habría podido recordarlo. Con nitidez, con extrema nitidez, sólo aparecen las risas de la vieja y los ojos planos de la joven. ¿Como si se mirara hacia dentro? Tal vez. ¿Como si les hubiera dado vacaciones, a los ojos? Tal vez, tal vez. Y la vieja mientras tanto hablaba y sonreía, palabras enigmáticas, como en clave, como si todo lo que allí había, los árboles, la superficie irregular de la terraza, las mesas desocupadas, los reflejos perdidos en la marquesina del bar, se estuvieran borrando progresivamente y sólo ellas dos lo advirtieran. Pensé que una mujer así no podía haber hecho aquello que se le imputaba y que si lo hubiera hecho sus razones tendría. Arriba, sobre las ramas de los árboles, entre la tembladera de hojas, las ratas del camping realizaban sus ejercicios nocturnos. (¡Ratas y no ardillas como creí la primera noche!) Entonces la vieja comenzó a cantar, ni muy alto ni muy bajo, como si su voz, en atención a mí, también se descolgara, prudentemente, de entre las ramas. Una voz educada. Aunque yo no entiendo nada de ópera creí distinguir trozos de diferentes arias. Con todo, lo más notable era que también cantaba en distintos idiomas, fragmentos diminutos que encadenaba sin dificultad, aleteos para mi único disfrute. Y digo mi único disfrute porque la muchacha se mantuvo ausente durante todo el tiempo. A veces se llevaba la punta de los dedos a los ojos, y nada más. Enferma entre los trinos de la cantante, se mantenía dueña de una notable fuerza de voluntad que la abstuvo de toser mientras la vieja cantaba.


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