
Con mierda escribían en las puertas y con mierda ensuciaban los lavamanos. Mierda primero cagada y luego acarreada hacia lugares simbólicos y vistosos: el espejo, la bomba de incendio, los grifos; mierda amasada y luego pegoteada formando figuras de animales (jirafas, elefantes, el ratón Mickey), lemas futbolísticos, órganos del cuerpo (ojos, corazones, penes). El colmo de la indignación, para las hermanas, era que en el lavabo de mujeres ocurría lo mismo, si bien con menor incidencia y con algunos detalles significativos que hacían recaer sobre una persona en particular la autoría de tales excesos. Una "guarra malvada" que estaban dispuestas a cazar. Para tal fin las hermanas montaron, junto con la senegalesa, una discreta vigilancia basada en el tenaz y aburrido método del descarte. Es decir, se fijaban atentamente en quienes hacían uso de los lavabos e inmediatamente después ellas entraban a verificar el estado en que los habían dejado. Así descubrieron que las tropelías fecales ocurrían a una cierta hora de la noche y la principal sospechosa resultó ser una de las dos mujeres que yo solía ver en la terraza del bar. Roza y Azucena levantaron la denuncia ante los recepcionistas y éstos se lo dijeron al Carajillo y el Carajillo me lo dijo a mí, que hablara con la susodicha y que buenamente, y sin ofender, hiciera lo que pudiera. El encargo no era fácil, como ustedes comprenderán. Aquella noche esperé en la terraza hasta que todos se hubieran ido. Como siempre, las dos mujeres fueron las últimas en marcharse, sentadas en el extremo opuesto a mi mesa, semiocultas bajo un árbol enorme cuyas raíces habían resquebrajado el cemento de la terraza. ¿Cómo se llaman esos árboles? ¿Plátanos? ¿Pinos Reales? No lo sé. Me acerqué a ellas llevando mi taza en una mano y mi linterna de vigilante en la otra; sólo cuando estuve a menos de un metro dieron muestras de haber notado mi presencia. Pregunté si podía tomar asiento junto a ellas. La vieja soltó una risotada y dijo por supuesto, cómo no, guapete del pelo.