
Remo Morán: Admito que en mayo di trabajo a Gaspar Heredia
ADMITO QUE EN MAYO di trabajo a Gaspar Heredia, Gasparín para los amigos, mexicano, poeta, indigente. Aunque no quería confesármelo, en el fondo aguardaba su llegada con impaciencia y nerviosismo. Sin embargo, cuando apareció en la puerta del Cartago a duras penas lo reconocí. Los años no habían pasado en balde. Nos dimos un abrazo y allí acabó todo. Muchas veces he pensado que si entonces hubiéramos hablado o dado un paseo por la playa y luego bebido una botella de coñac llorando, o si nos hubiéramos reído hasta el amanecer, otro gallo cantaría ahora. Pero después del abrazo una placa de hielo se instaló en mi rostro y fui incapaz de hacer un mínimo gesto de amistad. Lo sabía desamparado, pequeño y solo, retrepado en un taburete junto a la barra y nada hice. ¿Tuve vergüenza? ¿Qué clase de monstruos levantó su repentina presencia en Z? No lo sé. Tal vez creí ver un fantasma y en aquellos días los fantasmas me desagradaban profundamente. No, ahora ya no. Ahora, por el contrario, alegran mis tardes. Cuando salimos del Cartago eran más de las doce de la noche y ni siquiera fui capaz de iniciar un conato de conversación. De todas maneras, en su silencio noté que se sentía feliz. En la recepción del camping el Carajillo miraba la tele y no nos vio. Seguimos de largo. La tienda de campaña canadiense en la que a partir de entonces viviría estaba plantada en un sitio apartado, junto a la cabaña de las herramientas. Era necesario procurarle un mínimo de silencio, puesto que dormiría de día. A Gasparín todo le pareció perfecto, con su voz profunda dijo que sería como vivir en el campo. Hasta donde sé, nunca ha vivido en otro sitio que no fuera una ciudad. A un lado de la tienda había un pino muy pequeño, más parecido a un arbolito de pascua que a un pino de camping.
