
El lugar lo había escogido Alex: hasta en eso se notaba la laboriosidad que ponía en todas las cosas, sus juegos mentales ininteligibles. (¿Qué había querido decir con eso? ¿Que Gasparín era como la llegada de la Pascua?) Luego lo llevé a los lavabos, le expliqué cómo funcionaban las duchas y volvimos a la recepción. Eso fue todo. No lo volví a ver hasta una semana más tarde, o algo así. Gasparín y el Carajillo se hicieron buenos amigos. La verdad es que no es difícil hacerse amigo del Carajillo. El horario de Gasparín era el mismo que el de cualquier vigilante nocturno, de 10 de la noche a 8 de la mañana. Se da por descontado que los vigilantes duermen durante el trabajo. La paga era buena, por encima de la que suelen cancelar en otros campings y el trabajo no era pesado, aunque la mayor parte de éste recayera sobre Gasparín. El Carajillo está muy viejo y casi siempre demasiado bebido como para salir a hacer rondas a las cuatro de la mañana. La comida corría a cargo de la empresa, es decir a cuenta mía: Gasparín tenía derecho a desayunar, almorzar, comer y cenar en el Cartago. No se le cobraba ni una peseta. A veces yo me informaba con los camareros: ¿ha venido a comer el vigilante?, ¿cena o no el vigilante?, ¿desde cuándo no aparece por aquí el vigilante? Y a veces, pero menos, preguntaba: ¿escribe el vigilante?, ¿lo habéis visto llenando de garabatos los márgenes de algún libro?, ¿mira la luna como un lobo, el vigilante? Insistía poco, eso sí, porque no tenía tiempo… O mejor dicho, dedicaba mi tiempo a asuntos que nada tenían en común con Gaspar Heredia, lejano, empequeñecido, como dándole la espalda a todo el mundo, ocultando quién era él, cómo se las gastaba, con qué valor había caminado y caminaba (¡no, corría!) hacia la oscuridad, hacia lo más alto…
Gaspar Heredia: Se llamaba Stella Maris
SE LLAMABA STELLA MARIS (un nombre con reminiscencias de pensión) y era un camping sin excesivas reglas, sin excesivas peleas, sin excesivos robos.