– Los dos hombres escaparon y desde entonces nos han esquivado una y otra vez. La última vez que se los vio se hallaban en Utah, donde me encargaron el caso a mí. Encontré su rastro en Santaquin. La niña podría ser la hija de una de las víctimas a la que los prisioneros mataron en Misisipí.

– ¿Quieres decir que la madre está muerta? -exclamó ella.

– Eso es. No estaba casada, de modo que no tenemos ni idea de quién puede ser el padre. En alguna parte de Utah los asesinos se separaron, o uno de ellos mató al otro. Hasta ahora, no hemos encontrado a ninguno. Uno de los convictos se ha estado haciendo pasar por el padre de la niña.

Con un temblor de horror, Brooke se frotó el costado de la cadera con gesto nervioso. La mirada del marshal pareció abarcar el movimiento, aunque no fue consciente de ello.

– Sarah lo llama Charlie, pero en ningún momento lo ha mencionado como su padre. Dijo que él la había informado de que no tenía madre. Cuando se lo pregunté, desconocía cuál era su apellido.

– Encaja, aunque en los últimos dos años muchas pistas prometedoras se han convertido en rastros falsos. No obstante, si es uno de los prisioneros que andamos buscando, y tiene el equipo de supervivencia adecuado, ¿qué mejor sitio para pasar el invierno que el Parque de Yellowstone, donde sería difícil rastrearlo?

Ella se sintió mareada y se dejó caer en un sillón.

– Sarah dijo que el coche se paró. Cuando él bajó para ver qué sucedía, ella huyó lo más rápidamente que pudo.

– Debió estar aterrada de él para arriesgarse a enfrentarse a una tormenta de esta magnitud -se pasó el dedo pulgar por el labio inferior-. No importa quién sea ese hombre, podemos darle las gracias a la Providencia de que tuviera la inteligencia de huir antes de que fuera demasiado tarde. Cuéntame cómo la encontraste.

En unos minutos Brooke le dio toda la información de que disponía.

– Me gustaría hablar con ella, pero no deseo asustarla. Es obvio que confía en ti. ¿Cuál crees que sería la mejor manera de llevar la situación?



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