
El termómetro que había bajo el toldo de la farmacia marcaba dos grados bajo cero. Sin duda caería hasta diez bajo cero antes de la mañana. El año anterior a esa hora las condiciones habían sido similares.
Gracias al cielo no era el año anterior y ella no esperaba que Mark llegara desde California.
Su novio y ella habían planeado casarse en la pequeña Iglesia de los Pinos en West Yellowstone, entre la Navidad y el Año Nuevo. Luego se produjo aquella llamada de pesadilla que le anunció que él no pensaba presentarse. Había conocido a otra mujer y esperaba que ella lo entendiera. Era mejor terminar su compromiso entonces en vez de enfrentarse más adelante a un divorcio.
Un mes más tarde, su padre murió por culpa de un fatal ataque al corazón, dejándola sola en su dolor. En el punto más bajo de su vida, no pudo imaginar que viviría el tiempo suficiente para ver otro año.
Pero la vida le había demostrado otra cosa. Para su sorpresa, habían pasado doce meses de duro trabajo en el negocio familiar. En ese período de tiempo, la empresa había prosperado y ella había cumplido veinticuatro años. No solo seguía aún con vida para ver otra Navidad, sino que Julia y Kyle, que durante el verano se habían trasladado a vivir allí desde Great Falls, se habían convertido en sus mejores amigos. Como las chicas con las que había crecido y estudiado se habían ido a una gran ciudad o fuera del estado, sería agradable pasar parte de la Nochebuena con los Morton.
Aceleró el paso pero la ventisca parecía crecer en intensidad. Con condiciones como esas, nadie sacaba el coche. Todo se había detenido. Era un interminable mundo blanco. Bastante hermoso si sabías que podías alcanzar un abrigo.
Al cruzar la calle, que parecía un camino de ganado, le pareció que oía llorar a un niño. Pero el viento a menudo imitaba los sonidos humanos, de manera que descartó la idea y prosiguió la marcha, ansiosa por abandonar los feroces elementos.
