Al llegar al otro lado de la calle, el llanto sonó otra vez, pero más alto. Se detuvo a escuchar. No había error. Era un sonido mortal. Un niño aterrado se hallaba bajo la tormenta.

¿Dónde?

Al percibir que procedía desde un callejón lateral, giró en redondo y se dirigió en esa dirección. No había avanzado ni una docena de pasos cuando avistó una figura pequeña que golpeaba el escaparate de la joyería de artículos indios de Clark. El lugar estaba a oscuras. Sin duda Harmon Clark había cerrado temprano para irse a su rancho o a la fiesta de los Garnett. Se trataba de una niña que no podía tener más de cinco años. Entre sollozos no paraba de repetir un nombre, pero Brooke no pudo entenderla. La pobre llevaba unas ligeras zapatillas de tenis sin calcetines, un vestido y un fino chubasquero que no la aislaba de la nieve. Unos minutos más y no tardaría en morir congelada.

Sin vacilar, se arrodilló a su lado y pasó un brazo protector por sus pequeños hombros.

– Me llamo Brooke. Quiero ayudarte. ¿A quién buscas, cariño?

La niña no dejó de aporrear el escaparate con las manos desnudas. Parecía que decía algo sobre Charlie.

– Cariño… dentro no hay nadie. Si vienes conmigo, te ayudaré a encontrar a Charlie. ¿De acuerdo?

– ¡Nooooo! ¡Charlie no! ¡No dejes que me lleve!

Brooke no fue inmune al miedo que había en la súplica desesperada de la niña. Sin perder otro segundo, la alzó en brazos y comenzó a correr por la nieve hacia su tienda. Dentro haría calor. Había un teléfono.

Varias veces estuvo a punto de caer. El cuerpo rígido que sostenía no dejaba de temblar.

– No pasará nada -murmuró una y otra vez en su intento por tranquilizar a la pequeña.

Imaginó una docena de posibilidades que habrían podido llevar a esa niña inocente e indefensa a ese punto, ninguna buena. Jamás se había considerado un ser humano violento, pero quienquiera que fuera ese Charlie, el deseo de matarlo se había convertido casi en una necesidad.



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