
Con su duro físico de un metro noventa y su vibrante voz masculina le derretía las entrañas. Al recorrer su rostro inteligente con los ojos, se dio cuenta de que las líneas de experiencia alrededor de su boca lo hacían más interesante. Debería haber una ley contra un hombre…
– ¿Has dicho algo, Brooke?
Santo cielo, ¿había hablado? Otra oleada de calor la recorrió.
– Sarah y yo queremos oír el resto de tu historia, ¿verdad, cariño? -repuso con celeridad para ocultar su bochorno. La pequeña asintió.
– Muy bien. ¿Por dónde íbamos?
– Después de la tormenta, el árbol estaba v solo en la montaña -indicó Sarah.
Tenía la mente de una niña precoz. ¿Existiría un padre que la había buscado? ¿Hermanos, familia? ¿Habían estado esperando ansiosos esos dos años alguna noticia de ella? Una docena de preguntas sin contestar pasó por la mente de Brooke.
– El árbol -comenzó él- se quedó en la montaña durante años. Al hacerse mayor, le proporcionó sombra a la gente que necesitaba abrigo del sol y un hogar a una familia de ardillas y pájaros. Los niños podían jugar en él. Algunas personas utilizaron sus hojas para fabricar medicinas para la gente enferma, y los habitantes del poblado más próximo recogieron algunas de sus ramas viejas para preparar un fuego cálido.
– Era un árbol bueno, Vance.
– Era el mejor -confirmó él. Brooke notó que la pequeña Sarah se le había metido hondo y también tiraba de sus emociones-. Pero el árbol seguía sin sentirse importante. No hasta Nochebuena.
– ¿Qué pasó? -Sarah estaba tan entusiasmada con la historia que se bajó de la silla para acercarse al lado de Vance. Él le rodeó los hombros con un brazo y bajó la cabeza como si quisiera compartir una confidencia.
– Acababa de nacer un bebé varón. Un niño muy especial. Necesitaba una cama, pero sus padres no tenían ninguna. De modo que el padre subió a la montaña y cortó el único árbol que quedaba para fabricarle una.
