
Los ojos de Vance brillaron al mirarla.
– ¿Es eso verdad? Da la casualidad de que la fresa es mi fruta favorita.
– ¿Sí? -los ojos de Sarah se pusieron como platos.
– Así es. Cuando tenía tu edad, mis hermanos y yo solíamos ir a recogerlas. Nos comíamos tantas como podíamos, luego nos llevábamos el resto a casa para comerlas con tortitas.
– ¿Qué son las tortitas?
– Si no lo sabes, apuesto que podemos convencer a Brooke de que te las prepare mañana para desayunar.
Sarah juntó las manos.
– ¿Puede quedarse Vance a pasar la noche con nosotras? -preguntó con ojos luminosos. Mientras ella mostraba su sorpresa, la pequeña se volvió hacia él-. Vamos a dormir junto al árbol de Navidad. Lo ha dicho Brooke.
– No lo hago desde niño -al oído de Brooke susurró-: Sé que te he dicho que creo que Charlie se ha marchado, pero no estoy seguro en un cien por ciento. Por lo tanto, para cerciorarme de que estéis a salvo, voy a quedarme para protegeros.
Capítulo Cuatro
Aunque las intenciones de Vance McClain eran impulsadas por el deber, Brooke se acaloró.
– De acuerdo -repuso con voz trémula-. ¿Sarah? ¿Por qué no pones un plato en la mesa para Vance mientras sirvo la cena?
La niña asintió y corrió al cajón de los cubiertos, olvidada su ansiedad por el momento.
Mientras Brooke se ocupaba del horno, sintió su mirada intensa. Pero se negó a reconocerla o a responder a la pregunta que flotaba en el aire mientras servía un plato de la comida aún caliente. Un minuto más tarde, se hallaban sentados, pero en esa ocasión fue Vance, y no Sarah, quien devoró la comida, como si llevara siglos sin degustar una receta casera.
Lo observó con ojos velados mientras bebía un poco más de sidra caliente. También a Sarah le resultaba una fuente inagotable de fascinación.
¿Por qué no? Era el hombre más atractivo del estado de Montana, quizá de todo el país.
