
Le enseño la fotografía de Keira.
– ¿Cuándo entenderá usted que nos pone en peligro a todos, y a usted el primero? Tiene que marcharse, ya ha hecho bastante daño.
– ¿Daño? ¿A qué se refiere?
– ¿No me ha dicho que su accidente no lo fue en realidad? ¿Por qué cree que lo he llevado fuera del monasterio? Ya no puedo fiarme de nadie. Los que lo atacaron no fallarán una segunda vez si les ofrece la oportunidad. No es usted muy discreto, y temo que ya se hayan percatado de su presencia en la región; lo contrario sería un milagro. Sólo espero que le dé tiempo a regresar a Pekín y tomar un avión de vuelta a Europa.
– No iré a ninguna parte mientras no haya encontrado a Keira.
– Era antes cuando tenía usted que protegerla, ahora ya es demasiado tarde. No sé lo que usted y su amiga habrán descubierto, y no quiero saberlo, pero se lo suplico una vez más, ¡márchese!
– Deme una pista, por pequeña que sea, deme una pista que seguir y le prometo que me habré ido antes de que amanezca.
El monje me mira fijamente y no dice nada; se vuelve y avanza hacia el monasterio; yo lo sigo. De vuelta en el patio, en silencio, me acompaña hasta mi habitación.
Amanezco bien entrada la mañana; el desfase horario y el cansancio del viaje han podido conmigo. Debe de ser cerca de mediodía cuando el lama entra en la habitación con un cuenco de arroz y otro de caldo dispuestos sobre una bandeja de madera.
– Si me sorprendieran sirviéndole el desayuno en la cama, me acusarían de querer transformar este lugar de oración en un hotel -dice sonriendo-. Aquí tiene un tentempié antes de reemprender camino. Pues se marcha usted hoy, ¿verdad?
Asiento con la cabeza. Es inútil obstinarme, ya no obtendré nada más de él.
