
– ¡Ah, por favor, ahórreme esas patrañas! No creo ni en Dios ni en otra vida mejor que ésta.
– Es su más estricto derecho; pero para ser un hombre sin fe, acude muy a menudo a un monasterio.
– Si su Dios existiera, nada de todo esto habría ocurrido.
– Si me hubiera escuchado cuando le aconsejé que no emprendiera ese periplo por el monte Hua Shan, habría evitado el drama que hoy tanto lo aflige. Ya que no ha venido a hacer un retiro, es inútil que prolongue su estancia aquí. Descanse esta noche y mañana márchese. No lo echo, no obra en mi poder hacerlo, pero le agradecería que no abusara de nuestra hospitalidad.
– Si sobrevivió, ¿dónde podría estar?
– ¡Vuelva a su casa!
El monje se retira.
Apenas he pegado ojo en toda la noche, no he parado de dar vueltas en la cabeza a toda esta historia, buscando una solución. Esta fotografía no puede mentir. Durante las diez horas de vuelo de Atenas a Pekín no he dejado de mirarla, y sigo haciéndolo ahora a la luz de una vela. Esta cicatriz en tu frente es una prueba que yo querría irrefutable. Como no puedo conciliar el sueño, me levanto sin ruido y descorro el panel de hojas de arroz que hace las veces de puerta. Me guía una luz tenue, sigo un pasillo hasta una sala en la que duermen seis monjes. Uno de ellos debe de haber notado mi presencia pues se gira sobre su estera e inspira profundamente, pero por suerte no se despierta. Prosigo mi camino, pasando por encima, sin hacer ruido, de los cuerpos tendidos en el suelo, y desemboco en el patio del monasterio. Brillan en el cielo dos tercios de luna, hay un pozo en el centro del patio y me siento en el brocal.
Un ruido me hace dar un respingo, una mano me tapa la boca, ahogando toda protesta. Reconozco al lama con el que he hablado antes, me indica con un gesto que lo siga. Salimos del monasterio y avanzamos campo traviesa hasta el gran sauce, donde se vuelve por fin a mirarme.
