El eclipse se disipa, poco a poco renace el día, oigo voces, ¿dos, tres? Me hablan en una lengua que no entiendo. Siento algo fresco en el rostro, tengo que abrir los ojos.

Los rasgos de una anciana. Me acaricia la mejilla, me da a entender que ya ha pasado lo peor. Me humedece los labios y susurra palabras que adivino tranquilizadoras.

Siento un hormigueo, la sangre vuelve a circular por mis venas. He sufrido un desmayo. El cansancio, alguna enfermedad que quizá esté incubando o algo que no debería haber comido, estoy demasiado débil para darle vueltas a la cabeza. Me han tendido sobre un sofá de moleskine en la sala interior del restaurante. Un hombre acompaña ahora a la anciana que me cuida, se trata de su marido. Él también me sonríe, su rostro tiene aún más arrugas que el de ella.

Intento hablarles, trato de darles las gracias.

El anciano me acerca una taza a los labios y me obliga a beber. El brebaje es amargo, pero la medicina china tiene virtudes insospechadas, así que no lo rechazo.

Esta pareja china se parece mucho a aquella otra con la que Keira y yo nos cruzamos un día en el parque de Yingshan, parecen gemelos, y esta impresión me tranquiliza.

Se me cierran los párpados, siento que me embarga el sueño.

Dormir, esperar hasta haber recuperado fuerzas, es lo mejor que puedo hacer, así que espero.

París

Ivory caminaba nervioso de un extremo a otro del salón de su casa. No tenía visos de ganar esa partida de ajedrez, y Vackeers acababa de mover el caballo, poniendo en peligro su reina. Se acercó a la ventana, apartó la cortina y contempló el bateau-mouche que bajaba por el Sena.

– ¿Quiere que hablemos de ello? -preguntó Vackeers.

– ¿Hablar de qué? -contestó Ivory.

– De lo que tanto lo preocupa.

– ¿Parezco preocupado?

– Su manera de jugar lo da a entender, a menos que quiera dejarme ganar. En ese caso, la ostentación con la que me ofrece esta victoria resulta casi insultante, preferiría que me contara lo que lo tiene tan inquieto.



16 из 343