
– Nada, no dormí mucho anoche. Y pensar que antes podía pasarme dos noches seguidas sin dormir… ¿Qué le hemos hecho a Dios para merecer tan cruel castigo como es envejecer?
– No es mi intención halagarnos pero, en lo que a ambos respecta, pienso que Dios se ha mostrado bastante clemente.
– No me lo tenga en cuenta, pero tal vez sería preferible poner fin a esta velada. De todas formas, en cuatro movimientos me habría ganado.
– ¡En tres! Está usted, pues, más preocupado de lo que suponía, pero no quiero presionarlo. Soy su amigo, me contará lo que lo preocupa cuando le apetezca.
Vackeers se levantó y se dirigió al vestíbulo. Se puso la gabardina y se volvió. Ivory seguía mirando por la ventana.
– Regreso mañana a Amsterdam, venga a pasar unos días, el frescor de los canales tal vez lo ayude a combatir su insomnio. Será usted mi invitado.
– Creía que era mejor que no se nos viera juntos.
– El tema está zanjado, ya no hay razón para jugar a esos juegos tan complicados. Y deje de culparse de esa manera, no es usted responsable. Tendríamos que habernos figurado que sir Ashton actuaría por su cuenta. Siento tanto como usted que esta historia haya terminado así, pero no es culpa suya.
– Todo el mundo veía venir que sir Ashton intervendría tarde o temprano, y esta hipocresía les convenía a todos ustedes. Lo sabe tan bien como yo.
– Le prometo, Ivory, que si yo hubiera sospechado que recurriría a esos métodos tan expeditivos habría hecho lo que obrase en mi poder para impedírselo.
– ¿Y qué obraba en su poder?
Vackeers miró fijamente a Ivory y luego bajó la mirada.
– Mi invitación a Amsterdam sigue en pie, venga cuando quiera. Una última cosa: prefiero que no tengamos en cuenta la partida de esta noche en nuestro registro de puntuaciones. Buenas noches, Ivory.
