
Repatriado de China al terminar su convalecencia, Adrian no quiso reanudar su trabajo en Londres. Muy afligido por la desaparición de Keira, fue a buscar refugio en la casa de su infancia, en la pequeña isla griega de Hydra. Adrian es de padre inglés y madre griega.
Pasaron tres meses. Mientras él sufría la ausencia de la mujer a la que amaba, yo, loco de remordimientos, apenas podía contener mi impotencia. Fue entonces cuando recibí de la Academia un paquete que alguien, desde China, había enviado de manera anónima a Adrian.
Dentro encontré los efectos personales que Keira y él habían abandonado en un monasterio y una serie de fotografías en las que no tardé en reconocer a Keira. Mostraba en la frente una extraña cicatriz. Una cicatriz que yo nunca le había visto hasta entonces. Informé de ello a Ivory, que terminó por persuadirme de que quizá se tratara de una prueba de que Keira había sobrevivido al accidente.
Esta vez quise callarme, dejar a Adrian en paz, pero ¿cómo ocultarle algo así?
De modo que fui a Hydra y, de nuevo por mi causa, Adrian, loco de esperanza, tomó un avión hacia Pekín.
Si escribo estas líneas es con la intención de entregárselas algún día a Adrian, para confesarle mi culpa. Rezo cada noche por que pueda leerlas y perdonarme el mal que le he hecho.
En Atenas, a 25 de septiembre,
WALTER GLENCORSE
Gestor de la Real Academia de las Ciencias


