
Keira y Adrian, orientados por ese viejo profesor, no tardaron en averiguar que el objeto hallado en el antiguo volcán no era único en su especie. En algún lugar de nuestro planeta había otros cuatro o cinco más, similares a ése. Y decidieron encontrarlos.
Esta búsqueda los llevó de África a Alemania, de Alemania a Inglaterra, de Inglaterra a la frontera del Tíbet, y después, sobrevolando clandestinamente Birmania, hasta el archipiélago de Andamán, donde Keira desenterró, en la isla de Narcondam, una segunda piedra similar a la suya.
En cuanto reunieron los dos fragmentos, se produjo un extraño fenómeno: éstos se atrajeron el uno al otro como dos imanes, se tornaron de un pasmoso color azul y se pusieron a brillar con mil fuegos. Más motivados aún por este nuevo hallazgo, Adrian y Keira volvieron a viajar a China pese a las advertencias y las amenazas de la organización secreta.
Entre sus miembros, que se hacen llamar todos por el nombre de una gran ciudad, un lord inglés, sir Ashton, actúa por libre, decidido cueste lo que cueste a poner término al viaje de Keira y Adrian.
¿Qué he hecho yo al alentarlos a no abandonar su búsqueda? ¿Por qué no comprendí el mensaje cuando un sacerdote fue asesinado ante nuestros ojos? ¿Por qué no fui capaz de ver la gravedad de la situación, por qué no le dije entonces al profesor Ivory que se las apañara sin mí? ¿Cómo no avisé a Adrian de que ese anciano lo estaba manipulando… y no sólo Ivory, también yo, yo que me considero amigo suyo?
Cuando estaban a punto de abandonar China, Adrian y Keira fueron víctimas de un terrible atentado. En una carretera de montaña un vehículo empujó el 4 x 4 que conducían hasta precipitarlo por un barranco. Se hundió en las aguas del río Amarillo. Unos monjes que se encontraban en la orilla en el momento del accidente salvaron a Adrian de morir ahogado, pero el cuerpo de Keira no apareció.
