Ivory se subió a su taxi. Walter decidió volver a pie. El tiempo todavía era agradable en Atenas a finales de otoño, un viento ligero soplaba en la ciudad, un poco de frescor lo ayudaría a poner en orden sus ideas.

Al llegar a su hotel, Ivory le pidió al recepcionista que le subieran a la habitación el juego de ajedrez que había en el bar; a esas horas de la noche no creía que ningún otro cliente fuera a utilizarlo.


Una hora más tarde, sentado en el saloncito de su suite, Ivory abandonó la partida que jugaba contra sí mismo y se acostó. Tendido en la cama, con los brazos cruzados detrás de la nuca, pasó revista a todos los contactos que había hecho en China a lo largo de su carrera. La lista era larga, pero lo que lo contrariaba en ese inventario de índole tan particular era que ninguno de los que recordaba seguía vivo. El anciano encendió la luz y apartó la manta, que le daba demasiado calor. Se sentó en el borde de la cama, se puso las zapatillas y se contempló en el espejo de la puerta del armario.

– ¡Ah, Vackeers! ¿Por qué no puedo contar con usted ahora que tanto lo necesitaría? Porque no puedes contar con nadie, viejo estúpido, ¡porque eres incapaz de confiar en nadie! Mira dónde te ha llevado tu arrogancia. Estás solo, y todavía sueñas con dirigir tú la orquesta.

Se levantó y se puso a recorrer su habitación de un extremo a otro.

– Si se trata de un envenenamiento, lo pagará muy caro, Ashton.

De un manotazo, lanzó despedido el tablero de ajedrez con todas sus piezas.

El hecho de enfadarse por segunda vez aquella noche le hizo reflexionar largo rato. Ivory miró las piezas desperdigadas por toda la moqueta, el alfil blanco y el negro estaban uno al lado del otro. A la una de la madrugada, decidió infringir una norma que se había puesto él mismo, descolgó el teléfono y marcó un número de Amsterdam. Cuando Vackeers contestó, escuchó a su amigo hacerle una pregunta cuando menos insólita. ¿Podía algún veneno provocar los síntomas de una neumonía aguda?



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