
Vackeers no tenía ni idea, pero le prometió investigar sin tardanza. Por pura elegancia o como prueba de su amistad, no le pidió a Ivory ninguna explicación.
Monasterio de Garther
Dos hombres me sujetan mientras un tercero me frota con fuerza el torso. Sentado en una silla, con los pies en un barreño de agua tibia, he recuperado algo de fuerzas y casi he logrado mantenerme en pie. Me han quitado mi ropa húmeda y sucia y me han puesto una especie de túnica. Mi cuerpo ha vuelto a una temperatura casi normal, aunque todavía tirito de vez en cuando. Un monje entra en la habitación y deja en el suelo un cuenco de caldo y otro de arroz. Al llevarme el líquido a los labios me doy cuenta de lo débil que estoy. En cuanto termino de comer, me tiendo sobre una estera y me quedo dormido.
Al amanecer, otro monje viene a buscarme y me ruega que lo siga. Tomamos por un pasillo porticado. Cada diez metros hay puertas que dan a grandes salas donde grupos de discípulos siguen las enseñanzas de sus maestros. Parece un colegio religioso de mi vieja Inglaterra; recorremos otra ala de este inmenso cuadrilátero, después una enorme galería, y, al fondo del todo, me hacen pasar a una sala desprovista por completo de mobiliario.
Me quedo allí solo, enclaustrado buena parte de la mañana. Una ventana da a la explanada interior del monasterio, donde asisto a un extraño espectáculo. Un gong acaba de dar las doce, llegan un centenar de monjes, dispuestos en columnas, se sientan a igual distancia unos de otros y se recogen para rezar. No puedo evitar imaginarme a Keira disimulada bajo una de esas túnicas. Si el recuerdo de lo que viví anoche es real, debe de estar escondida en este templo, quizá incluso en algún lugar de este patio, entre estos monjes tibetanos reunidos en sus oraciones. ¿Por qué motivo la retienen entre estos muros? No pienso más que en encontrarla y llevármela lejos de aquí.
