Busco un banco de piedra junto a un gran árbol, un escollo singular donde, no hace mucho, se sentó una pareja de chinos muy ancianos. Quizá, si los volviera a ver, me traerían un poco de paz: creí leer en su sonrisa la promesa de un futuro juntos tú y yo; quizá sólo se rieran de la suerte que nos aguardaba.

Al final he dado con el banco, pero estaba vacío. Me he tendido sobre él. Las ramas de un sauce se balancean al viento, y su danza indolente me acuna. Con los ojos cerrados, tu rostro se me aparece, intacto, y me quedo dormido.

Me despierta un policía que me exhorta a abandonar el parque. Está anocheciendo, los visitantes ya no son bienvenidos.

De regreso en el hotel, vuelvo a mi habitación. Las luces de la ciudad se imponen sobre la oscuridad. He quitado la manta de la cama, la he extendido en el suelo y me he arrebujado en ella. Los faros de los coches dibujan extraños motivos en el techo. De qué sirve perder más tiempo, ya no dormiré.

He cogido mi equipaje, he pagado la cuenta del hotel en recepción y he ido al aparcamiento a buscar mi coche.

El navegador me indica la dirección de Xi'an. En los arrabales de las ciudades industriales la noche se desvanece y reaparece en la oscuridad del campo.

Hago una parada en Shijiazhuang para poner gasolina, pero no compro comida. Me habrías tachado de cobarde, no sin razón quizá, pero no tengo hambre, así que para qué arriesgarme.

Cien kilómetros después diviso el pueblecito abandonado en lo alto de una colina. Tomo por el camino lleno de baches, decidido a ir hasta allí para contemplar el amanecer en el valle. Dicen que los lugares conservan la memoria de los instantes que vivieron quienes allí se amaron, quizá sólo sea una locura, pero esta mañana necesito creer en ello.

Recorro las callejuelas fantasma y dejo atrás el abrevadero de la plaza principal. La copa que encontraste entre las ruinas del templo confuciano ha desaparecido. Ya lo predijiste tú, alguien se la habrá llevado para hacer con ella lo que le parezca.



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