
Me siento en una roca al borde del despeñadero y espero a que empiece el día, inmenso; después reemprendo camino.
El tramo a través de Linfen es tan nauseabundo como en nuestro primer viaje; una nube de contaminación acre me quema la garganta. Me saco del bolsillo el trozo de tela con el que nos fabricaste unas mascarillas improvisadas. Estaba entre los efectos personales que me hicieron llegar hasta Grecia desde China; no queda rastro de tu perfume pero, al ponérmelo en la boca, vuelvo a ver cada uno de tus gestos.
Mientras cruzábamos Linfen, te quejaste:
Este olor es infernal…
… pero para ti, cualquier pretexto valía para quejarte. Ahora daría cualquier cosa por oír tus reproches.
Fue cuando pasábamos por aquí cuando te pinchaste en un dedo al rebuscar en tu equipaje, y así descubriste un micrófono escondido en tu maleta. Aquella noche debí haber tomado la decisión de dar media vuelta; no estábamos preparados para lo que nos esperaba, no éramos aventureros, tan sólo dos simples científicos que se comportaban como chiquillos inconscientes.
La visibilidad sigue siendo igual de mala, por lo que no tengo más remedio que ahuyentar esos pensamientos negros para concentrarme en la carretera.
Recuerdo que, al salir de Linfen, aparqué un instante en la cuneta y me contenté con tirar el micrófono por la ventanilla sin inquietarme por el peligro que representaba. En ese momento sólo me preocupaba que supusiera una intrusión en nuestra intimidad. Fue entonces cuando te confesé que te deseaba, entonces también cuando me negué a decirte todo lo que me gustaba de ti, por pudor más que por hacerte rabiar.
Estoy cerca ya del lugar donde ocurrió el accidente, el lugar donde unos asesinos nos empujaron a un barranco, y me tiemblan las manos.
Deberías dejar que nos adelante.
