
– Una soda -dijo cuando el camarero alzó la vista.
Tomó el vaso que le ofreció y se giró para echarle un vistazo al salón. Así que aquélla era la «Beautiful People», pensó mientras le daba un sorbo a su bebida. Desde luego estaban fuera de su alcance.
– Me temo que cada vez que te veo estás más hermosa.
Aquella voz de terciopelo le provocó un escalofrío. No tenía que darse la vuelta para saber a quién pertenecía.
– Creía que los príncipes no le temían a nada -dijo mirando a la izquierda.
Sadik se había colocado a su lado. Estaba espectacular con aquel esmoquin negro. Le recordaba a la primera vez que lo vio. En aquella ocasión le bastó mirarlo para perder la mayor parte de su sentido común, por no decir un buen trozo de corazón.
Sadik le tomó la mano que tenía libre, se la llevó a los labios y la besó en los nudillos. Era un gesto de cortesía que pertenecía a otra época y a otro lugar. Pero maldito fuera aquel hombre. Funcionaba de todos modos. Cleo se derritió.
– ¿Y qué tal todo, Sadik? -preguntó decidida a actuar con completa normalidad-. ¿Cómo va la Bolsa?
– Bien.
No se molestó en preguntarle cuántos miles de millones de dólares había ganado aquel día. Cleo sabía que había triplicado la fortuna de la familia en menos de seis años. Teniendo en cuenta la inestabilidad económica mundial, aquello rozaba el milagro.
– ¿Estás contento con esta boda? -preguntó sin ocurrírsele otra cosa que decir.
– Mi nueva hermana parece feliz con la elección del novio. Y Rafe es un buen hombre. Creo que hacen buena pareja.
– Supongo que para ella será un alivio contar con tu bendición. Sé que eso le ha quitado el sueño muchas noches.
