
– Sigues desafiándome -aseguró él entornando los ojos-. ¿Por qué juegas a un juego que no puedes ganar?
– Ya no tengo ningún interés en jugar contigo. Y respecto a lo de ganar… No me resultó demasiado interesante la última vez que gané.
– El vencedor fui yo -aseguró Sadik.
Él también lo había sido, sin duda. La había seducido en un abrir y cerrar de ojos y la había dejado con ganas de más. Pero desde luego Cleo no pensaba admitirlo.
– Da igual. Lo cierto es que no me acuerdo.
Sadik le puso la mano en el hombro y comenzó a acariciarle un lado del cuello. Si hubiera sido un gato, habría empezado a ronronear.
– Tu boca miente, pero veo la verdad en tus ojos. La pasión que había entre nosotros sigue vigente. Tus intentos de resistirte sólo conseguirán aumentarla.
– Tú te las arreglaste para olvidarte de mí durante los cuatro meses que he estado fuera, Sadik. El hecho de que ahora me prestes atención significa simplemente que he aparecido en tu radar. Es una reacción muy poco excitante. Y además no me interesa.
Tenía muchas más cosas que decir, pero en ese momento le salvó la campana. Literalmente. El chef golpeó un gong para anunciar que la cena estaba servida. Cleo aprovechó la oportunidad para huir de Sadik antes de que pudiera atraparla.
¿Por qué le habría soltado todas aquellas cosas? Sería suficiente con que él tuviera una única neurona para que se diera cuenta de que estaba herida por haberla dejado marchar y no haber intentado ponerse en contacto con ella. Y por lo que Cleo sabía Sadik tenía bastantes más neuronas que la media. No quería que pensara que él le importaba. En realidad no quería que pensara en ella y punto. Ya ejercía sobre ella suficiente poder sexual como para que encima utilizara sus frágiles emociones en su contra.
Cleo entró en el comedor principal y tuvo un momento de pánico al pensar que tal vez los hubieran sentado juntos. Había muchas mesas largas repartidas por toda la estancia. Ella encontró su nombre en la lista y suspiró aliviada al llegar a su sitio. Tenía a un lado a Rafe, lo que significaba que Zara estaría cerca. A la izquierda había un hombre que no conocía, pero que resultó ser lo suficientemente amable como para saludarla y retirarle la silla para que se sentara.
